viernes, agosto 04, 2017

'Transformers. El último caballero', rizando el rizo de lo absurdo

Película tras película, Michael Bay ha ido consiguiendo que la serie de Transformers se fuera enterrando cada vez más en un pozo de absurdos, incoherencias y flagrantes fallos cinematográficos. Pero el director, aclamado por el público y habitualmente despedazado por la crítica, ha vuelto a rizar el rizo en esta espiral de cine palomitero lamentable, estúpido y desprovisto de toda inteligencia. Se podrá argumentar que no todas las películas tienen que hacernos pensar, que tiene que haber un hueco para el cine de escapismo y efectos especiales sin pretensiones. Desde luego que sí. Pero ese se puede hacer bien o mal. El que hace Bay es del malo. Y además lo hace conscientemente. El último caballero es, visto desde una esfera irónica, una burla del director hacia sus críticos, cargada de dobles intenciones en sus diálogos, que no ayudan a la película pero sí al debate sobre la supuesta genialidad de Bay.

Su cine no la demuestra. No lo hace desde hace muchos años, desde los 90, en los que sí se presentó como un prometedor director de acción. Transformers, curiosamente la serie que más dinero le ha dado, es una colección de todos sus defectos. Y El último caballero es, así, la quintaesencia. Es un galimatías que no hay por donde coger, una historia que roza la estupidez tanto en su rocambolesco argumento como en la ejecución final que vemos en la pantalla, es la enésima demostración de que no hay un solo personaje interesante, bien escrito o bien desarrollado en Transformers, y que a Bay le importa muy poco ser un director coherente, porque las fronteras del espacio y del tiempo no le afectan a la hora de meter y sacar personajes de las escenas. Todo le da igual a Bay si puede hacer su mix de estrenos veraniegos para mostrarnos un campo de batalla medieval, un escenario nazi de la Segunda Guerra Mundial, muchos robots haciendo chistes, presentaciones a lo Escuadrón Suicida y explosiones desde el mismo logo de Paramount que abre la película.

En una historia con diálogos que parecen escritos por adolescentes, en la que desfilan actores que valoran más el cheque que sus reputaciones y en la que hay constantes traiciones a la misma franquicia de la que forma parte (a lo que el propio Bay ha contado en sus películas y, sobre todo, al material de referencia), es difícil encontrar algo rescatable. Si acaso, que los actores hacen un esfuerzo ímprobo por creerse sus difíciles papeles, más sencillo en el caso de los héroes de acción, Mark Wahlberg y Josh Duhamel, y mucho más complicado en la cuota femenina, la que firman Laura Haddock o Isabela Moner, o en el caso de los actores consagrados, reducidos a meras comparsas cómicas como Anthony Hopkins, John Turturro (¿para qué sale realmente en la película?) o Stanley Tucci. Ni siquiera los Autobots o los Decepticons importan. Optimus Prime y Megatron son reducidos a secundarios, Bumblebee a acróbata desmontable y los Dinobots a la nada más absoluta.

¿Qué hay entonces en El último caballero que pueda convencer? Prácticamente nada. Si acaso, el hecho de que forma parte de una franquicia que, sin contar prácticamente nada, repitiendo esquemas, y con tono autoparódico en la filmografía de Bay cada vez más acusado, sigue cosechando un éxito increíble. Los muchachos de efectos digitales se lo habrán pasado en grande con los inexplicados y cada vez más numerosos poderes de los robots, pero más allá de eso es difícil encontrar nada positivo en una película larga, por momentos bastante aburrida, con un humor de dudoso acierto ("te has cargado el momento", le dice Anthony Hopkins a un robot en cierta ocasión, analizando a la perfección la forma en la que Bay usa el humor) y que ojalá, como ha dicho su propio director, sea su última incursión en la serie. A saber si alguien puede reflotar esto, cinematográficamente hablando porque en taquilla va de fábula, pero que le dejen intentarlo lejos de las garras de Bay.

viernes, julio 28, 2017

'Spider-Man. Homecoming'. el toque Marvel sienta bien una vez más

Se tiende a pensar que Marvel ha encontrado una fórmula y no hace más que repetirla. Pero es una sensación falsa, que cada estreno viene a desmentir. Cierto que en Doctor Strange sí estaba la fórmula Iron Man, pero en realidad el resto de películas no son tan parecidas entre sí. Spider-Man. Homecoming viene a ser no solo una demostración más, sino probablemente el título llamada a romper esa ilusión reiterativa para quienes aún la tengan. Y esta vez el mérito es doble, porque el toque Marvel le ha sentado de maravilla a un personaje que ve su segundo reboot en apenas cinco años. No se trata de comparar los méritos de Homecoming con los de las tres películas de Sam Raimi o las dos de Marc Webb, a estas alturas ya resulta algo innecesario, pero sí es que es evidente que Marvel Studios sabe lo que hace con sus personajes. Los usa, los glorifica y los actualiza de una manera sencillamente espectacular.

Así, John Watts, sorprendente nombre el que Marvel escogió para esta película, cuenta una primera historia con el personaje como protagonista pero entendiendo dos cosas. Por un lado, que forma parte de Marvel, que tiene que encajar con los Vengadores (y ojo a las sorpresas, que hay muchas, sobre todo para quienes pensaran, equivocadamente aleccionados por los trailers, que el Tony Stark de Robert Downey Jr. iba a ser el único enlace) pero que al mismo tiempo desarrolla un universo propio. Y ese universo, por fin, nos muestra el Peter Parker adolescente, el del instituto, el de una edad que todavía no le coloca cerca de ser un adulto responsable. Eso es lo que vemos aquí, por primera vez en una película de Spiderman. Es verdad que es entorno será un shock para el aficionado clásico, porque es una actualización en toda regla que se acerca más a los cómics del universo Ultimate que a los primeros tebeos de Stan Lee, cameo obligado por supuesto, y Steve Ditko.

Todas estas buenísimas sensaciones no se podrían conseguir de haber errado con el protagonista. No es mérito de Homecoming, puesto que Tom Holland ya debutó como Spiderman en Capitán América. Civil War, pero Watts le lleva francamente bien. El chico tiene un talento natural para hacer de superhéroe, y eso no solo se nota cuando la película deriva hacia un drama bastante adecuado, sino incluso con el lenguaje corporal que aporta a Spiderman, siguiendo la estela de algo que Andrew Garfield ya había tratado de incorporar. Y es que el Trepamuros es mucho más que piruetas y efectos visuales, que los hay y de un nivel espléndido, pero es también un personaje muy bien construido, que lucha por convertirse en un héroe, por estar a la altura de la figura paterna en la que se convierte Tony Stark y para tener la oportunidad de convertirse en un Vengador y participar en grandes misiones. 

Pero, como se ha dicho más arriba, la película rinde homenaje, casi pleitesía, al universo personal de Spiderman. Su final es todo un canto de amor a lo que es el personaje, pero por el camino tenemos la oportunidad de ver homenajes a cómics clásicos y no tan clásicos, para aderezar el enfrentamiento con un villano clásico hasta ahora nunca visto, el Buitre, y aquí remasterizado con brillantez para la ocasión con un Michael Keaton brillante dándole vida. Spider-Man. Homecoming acaba siendo así una película que juega muy bien con la acción, con la comedia y con el drama, que sabe ser clásica y moderna, que genera una sensación de diversión desenfadada durante toda la película (incluyendo, por supuesto, la segunda de las dos escenas postcréditos) y que. una vez más, demuestra que el superhéroe en el cine sigue teniendo todavía mucho que decir, por eficacia, por brillantez y por originalidad. Había perspectivas regulares y lo han bordado.

viernes, julio 21, 2017

'Dunkerque', cine bélico antológico

Hace ya casi veinte años, Steve Spielberg nos puso el pelo de punta, la piel de gallina y el corazón en la mano mostrándonos cómo era realmente la guerra. La escena inicial de Salvar al soldado Ryan, el desembarco de Normandia, cerró para siempre la imagen idealizada de la guerra de la que solo el disidente Oliver Stone se había apartado hasta entonces. La guerra producía héroes. Pero desde Ryan, hablamos de supervivientes. Y en muchos casos con unos traumas reales y realistas que hacen que este tipo de historias puedan alcanzar un impacto emocional salvaje. Pero cuesta hacerlo. Hay que tener un dominio de cine inmenso para que la guerra, algo tan desconocido para el espectador medio, nos inunde de una manera absoluta. Y Dunkerque lo hace. Mejor de lo que se podría haber soñado, siendo un ejercicio de estilo deslumbrante, que coloca a Christopher Nolan entre los más grandes, pero sin olvidar que hay mucho más detrás de los fuegos artificiales.

Sin ánimo de contar nada más, porque, como siempre, merece la pena descubrirlo todo en la pantalla (y mejor, sin duda, en la gran pantalla), Dunkerque es la historia de la evacuación de las tropas británicas desde esa localidad francesa durante la Segunda Guerra Mundial. Nolan nos cuenta ese drama desde tres puntos de vista: desde la tierra, con un soldado que busca la manera de abandonar la playa; desde el mar, con los ojos de un hombre que lleva su pequeña embarcación movilizada para a los soldados de allí; y desde el aire, con un pequeño escuadrón que tiene que impedir que los cazas alemanes bombardeen a los barcos de rescate. Tres partes de un mismo relato que Nolan conjunta de una manera más emocional que temporal, modifica el encaje de los eventos para que le sirvan a los propósitos más dramáticos de una manera que encumbra el arte del montaje.

Antes ya ha encumbrado la de la dirección. Nolan es un innovador en el terreno visual, pero nunca lo había hecho como aquí desde una perspectiva tan clásica. La épica bélica que nos muestra es realista, está basada en escenarios, extras y movimientos de cámara naturales, no en efectos especiales y piruetas imposibles. No es esa la guerra que Nolan nos quiere enseñar. La suya es la de verdad, aquella en la que las balas silban sobre nuestras cabezas y provocan un ruido ensordecedor cuando se topan con un objetivo, en la que el ruido de los aviones genera pánico entre quienes no tienen dónde protegerse, en el que el agua no es más que un entorno en el que se puede morir a cada momento. Guerra, como la vivimos en Normandia de la mano de Spielberg, pero esta vez ampliada a los 106 minutos que dura Dunkerque, una duración mucho más ajustada de lo que es habitual, también para Nolan, pero que equivale a una experiencia vital antológica.

Nolan es un maestro, y merece que se le reconozca por ello. Es hábil, es eficaz, es atrevido. Pero ya, sobre todo eso, es un maestro. Cómo rueda, cómo monta, cómo dirige a un puñado de actores tan variopintos, que van desde la juventud de Fionn Whitehead a la veteranía de Kenneth Branagh o Mark Rylance, pasando por sus actores fetiche habituales como Cillian Murphy o Tom Hardy (¿cómo es humanamente posible crear un personaje tan espléndido si solo le vemos los ojos en el 90 por ciento de sus planos?). Cómo hace cine. Nolan es puro cine, y no es de extrañar que sus referentes partan del cine mudo más épico. Su cine es atemporal pero sabe aprovechar la tecnología de su tiempo para crear un espectáculo emotivo que nos enseña que el cine es mucho más que el avance técnico de turno. El cine es emoción, es inmersión, es empatía. Y eso, en Dunkerque es bestial, es una película que atrapa y no suelta hasta el final. Clásico instantáneo.

miércoles, julio 12, 2017

'La guerra del planeta de los simios', otra portentosa lección de cómo hacer blockbusters

Incluso asumiendo que El origen del planeta de los simios es una película ligeramente sobrevalorada, es evidente que ya podemos decir que este serie es, con diferencia, uno de los mejores reboots que se ha realizado nunca. Quizá debiéramos decir que el mejor, así, sin tapujos. La guerra del planeta de los simios, tercera entrega de la serie moderna, confirma las magníficas sensaciones que dejó la anterior entrega, El amanecer del planeta de los simios. Y lo hace además, saliéndose del camino más sencillo, el que en realidad marca su propio título. Estamos en guerra, sí, pero no es exactamente la guerra lo que vemos. No a una escala gigantesca, como podríamos haber pensado. Y sin embargo, funciona. Como guerra, como planeta de los simios y, sencillamente, como película. La forma en la que Matt Reeves está dignificando el blockbuster hollywoodiense con las dos últimas entregas de esta serie no tiene parangón.

Reeves supo aprovechar un personaje magistralmente detallado en la primera película, de Rupert Wyatt, y lo ha convertido en leyenda. En La guerra consigue servirnos una película que mezcla géneros a conveniencia, por momentos parece un western, pasa a ser un drama carcelario con su correspondiente huido, no deja de ser una película bélico y, por supuesto, es una sensacional muestra de ciencia ficción. El director maneja con tiento cada fase de la película, mima cada personaje que aparece en pantalla y ofrece un relato que alcanza un nivel de intimismo que no suele verse en las superproducciones norteamericanas. Hay mucho diálogo y mucha expresión que comunica. Hay planos mudos, que sirve a la historia con una sencillez descomunal, que transmiten más que películas enteras, y que demuestran que, por encima de todo, estamos ante una magnífica historia. No es una secuela forzada. No es solo cine para recaudar. Es cine. Y punto.

¿Por qué este entusiasmo? Porque estamos ante una película de imponentes efectos visuales, protagonizada de una manera muy acusada por un grupo de simios creados digitalmente a partir de actuaciones tan soberbias como la de Andy Serkis (¿cuánto tiempo se va a resistir Hollywood a que trabajos como este puedan ser nominados a un Oscar de interpretación?), que desemboca en un clímax épico y espectacular, pero que tiene su base en la historia, en los personajes, en la metáfora, en el homenaje a grandes títulos de la historia del cine y, por qué no decirlo, a nuestro presente oscuro, al miedo a lo diferente. Hay tantas capas en La guerra del planeta de los simios que es una película que no cesa de sorprender. Lo hace con sus transformaciones de género, con la forma en la que cambia el propio César, y por el añadido de personajes tan opuestos como el de la encantadora niña a la que da vida Amiah Miller o el despiadado general que interpreta un brillante Woody Harrelson.

Todo engancha con una naturalidad que parecía imposible cuando el mundo decidió lapidar a la en todo caso entretenida revisión de este universo que hizo Tim Burton en 2001. Esta serie está convenciendo porque ha encontrado un camino nuevo y diferente, arriesgado y valiente, pero firme y decidido. No es que tenga un sublime cuidado técnico, que lo tiene, es que a nivel narrativo y cinematográfico está a un nivel colosal. La forma en la que Reeves rueda por igual tiroteos y escenas con personajes llorando es inaudita. El cine espectáculo está evolucionando, y por este camino nos reconcilia a cualquier con las propuestas de los grandes estudios. Estamos en pleno verano, y muchas películas nos harán olvidar esta tendencia, nos defraudarán y nos recordarán que esa es la faceta más idiotizante del cine moderno. Pero siempre nos quedará El planeta de los simios para recordar que es posible hacer cine con mayúsculas gastando y recaudando mucho dinero.

viernes, julio 07, 2017

'Baby Driver', cómo alargar demasiado una muy buena idea

Nadie podrá negarle a Edward Wright que Baby Driver es una pieza osada, incluso brillante en muchos momentos. Pero es una propuesta que no sabe desarrollar ni hacer que resulte igual de interesante a lo largo de las casi dos horas que dura. Lo que nos plantea es una película de atracos. O más bien de huidas en coche en esos atracos. El protagonista, un chaval (Ansel Elgort) que conduce como nadie y que haciendo ese trabajo salda una deuda con un mafioso (Kevin Spacey), el ideólogo de todos los golpes. Y la gracia, un problema auditivo del joven que solo puede mitigar escuchando música, una música que le acompaña en los atracos y que al director le sirve para montar unas secuencias de acción vibrantes, cargadas de adrenalina, con una planificación soberbia no solo en el movimiento sino también en la forma en la que la música encaja. Pero sí, esto que tiene toda la pinta de ser un videoclip es, efectivamente, un videoclip. Y los videoclips no duran dos horas.

El problema de Wright es que no sabe cómo coronar sus buenas ideas y la película se le va derrumbando poco a poco. Si no empezara tan bien, si no tuviera una primera media hora tan descomunal, o incluso hasta su primera hora con un nivel bastante notable, no se notaría tanto el bajón. Pero el caso es que el director consigue que los dos primeros golpes funcionen a todos los niveles, también en el dramático porque el tono de cada uno de ellos es diametralmente opuesto, pero después no sabe continuar con la película de la misma manera. El caos se apodera de la película de una forma hasta incomprensible y los personajes empiezan a traicionarse a sí mismos por lo que hacen y por lo que no hacen, llevando la historia hacia un nivel de violencia prácticamente paródico que no termina de encajar con naturalidad con lo visto en la primera hora.

No hay más que ver la deriva de los personajes de Jaime Foxx o John Hamm, o la manera en la que los personajes femeninos, los de Lily James o Eiza González, quedan prácticamente vacíos de contenido, la primera como interés sentimental del protagonista y arquetípica puerta de salida del mundo criminal en el que está metido Baby, que así se hace llamar el joven, y la segunda como simple reclamo sexy. A Wright se le escapa la película por todas partes. Las brutales coreografías de persecución que monta en la primera mitad, desaparecen en la segunda. El uso con estilo y brillantez de la música se convierte en una simple acumulación de canciones. Y el drama que sí se atisba en los mejores momentos de la película acaba desembocando en una resolución sin demasiada fuerza y con menos sentido.

Al final, el juicio sobre Baby Driver dependerá mucho del cariño que se le tenga a un autor, Wright, que es claramente irregular, que casi siempre tiene ideas brillantes pero que todavía no ha sido capaz de redondearlas de una manera eficaz. En esta película, apenas la sexta de su filmografía, alcanza algunos de sus mejores momentos. Y como estos llegan al principio, da la sensación de que este puede ser su gran largometraje, el que de verdad confirme esa genialidad que muchos le ven para seguirle con tanta fe como para atacar despiadadamente a la todopoderosa Disney cuando decidió apartarle de Ant-Man. Pero no termina de corroborar las buenas sensaciones iniciales. El videoclip le ha quedado de lujo, pero la película se le ha escapado, mostrando lo que no se debe hacer en cine, alargar demasiado una buena idea. Con una duración mucho más ajustada, probablemente Baby Driver habría llegado a triunfar sin discusión, pero deja unos cuantos peros como para ofrecerle una valoración entusiasta.

jueves, mayo 25, 2017

'Wilson', cinismo interrumpido

Wilson tiene un buen triángulo de partida. Daniel Clowes, creador del cómic en el que está basado, es uno de los nombres más importantes del cómic independiente norteamericano, y para garantizar la pureza del proyecto se ocupa también el guión, como ya hiciera hace muchos años en Ghost World. Craig Johnson venía de rodar la muy interesante The Skeleton Twins, y parecía el director indicado para sacar toda la mala leche y el cinismo que tiene la obra de Clowes. Y Woody Harrelson es uno de esos actores que pueden meterse en la piel de personajes tan descarados como este sin el más mínimo problema. Pero Wilson no alcanzar todo su potencial. Su cinismo se ve interrumpido por un lenguaje no tan cinematográfico como cabía esperar y que acaba logrando que el gag, la anécdota, la escena suelta, sea más divertido y eficaz que la película como conjunto.

Empecemos por lo que sí funciona, y por supuesto por lo que realmente sostiene la película: Woody Harrelson. Hay una serie de actores, y es obvio que Bill Murray es un representante arquertípico, que han convertido su madurez en una forma de interpretar personajes maduros y pasados de rosca que contienen de una manera admirable. Wilson es así. Es un tipo extraño, que quiere relacionarse con la gente pero que no sabe cómo hacerlo porque es, en realidad, un bocazas, incapaz de manejar habilidades sociales básicas. Su presentación en la película, rodada a modo de gags concatenados que respetan la estructura de la novela gráfica en la que se basa el filme, es brillante, divertida y cínica. Pero el problema arranca en cuanto Johnson y Clowes quieren construir una historia a partir de ese retrato.

Quien sabe si Alexander Payne, que fue el primer director vinculado al proyecto, habría sido capaz de lograr una historia más cohesionada, pero resulta evidente que a Craig se le escapa algo el relato en cuanto se van sumando elementos, en cuanto la película se convierte en un salto a la madurez de un personaje que ni sabe ni realmente quiere ser maduro. El gag siempre funciona, incluso los más evidentes, pero a la película le falta cohesión. Y quizá incluso algo de mala leche, que se atisba, se toca en muchos momentos, pero termina resultando algo menor de lo esperado cuando la película llega hasta su último acto, si es que se puede hablar de actos en este carrusel de escenas cómicas. Ni siquiera el giro que hay en esa parte de la cinta, uno que cambia por completo el escenario, o quizá precisamente por un cambio tan radical e incluso algo inesperado, la película se escapa y deja sin mucha fuerza las escenas finales.

Wilson es divertida. Lo es. Pero el hecho de que parezca más divertida por Harrelson que por el trabajo de Clowes o Johnson, incluso con escenas bien planteadas como la de la cena o como el montaje paralelo entre los personajes de Wilson y su hija por un lado y las dos hermanas que interpretan Laura Dern y Cheryl Hines, deja una idea clara de por qué la película no es tan completa como habría sido deseable. Se deja ver con agrado, gracias también a su contenida duración que apenas supera la hora y media, pero no da la sensación nunca de que estemos viendo una historia sacada del cómic independiente americano más cínico, gamberro y políticamente incorrecto más que en el sugerente prólogo que tiene. A partir de ahí, risas esporádicas, algún momento brillante, pero un conjunto bastante irregular.

viernes, marzo 24, 2017

'Redención', Gyllenhall el boxeador

A pesar de que Redención llegue a España con casi dos años de retraso con respecto a su estreno americano o de que sea uno de los últimos trabajos de James Horner antes de su muerte accidental, la mejor razón para ver la película de Antoine Fuqua, que no es la última ya que aquí hemos visto ya la que hizo después, su remake de Los siete magníficos, es la interpretación de Jake Gyllenhaal. Viendo la carrera del actor, siempre buscando retos, casi pareced un paso lógico que se haya decidido a dar vida a un boxeador, algo que aúna sus dotes nada contradictorias para la contención y para la intensidad. Su retrato de Billy Hope, un boxeador al que conocemos en la cima, al que vemos descender a los infiernos y al que seguimos en su camino por recuperar lo que es suyo, es muy atractivo, complejo y sugerente. Es, con diferencia lo mejor que tiene que ofrecer una película que acepta los tópicos y no combate contra ellos.

Fuqua, de hecho, adopta el camino fácil. Funciona, porque el boxeo sigue siendo el deporte que mejor luce en la gran pantalla, incluso aunque los potenciales espectadores jamás hayan mostrado interés alguno por ver un combate en la vida real, pero eso no impide que sea fácil, porque maneja todos los tópicos posibles que ya hemos visto en muchas películas de esta naturaleza, y que hace que su devenir sea algo previsible. Eso lo compensan Gyllenhaal, un Forest Withaker espléndido cuando encuentra un personaje a su altura y no se deja llevar como le sucedió en Rogue One, una magnífica Rachel McAdams que aporta como siempre una naturalidad impresionante o una bastante interesante Oona Laurence, que dando vida a la hija del boxeador protagonista se suma con bastante facilidad al drama que busca la historia.

Queda claro, con lo dicho, que el principal valor de Redención está en sus intérpretes, que son los que consigue que la película sea algo más de lo que luce en el guion o con la realización de Fuqua. Y no porque haya grandes fallos en la cinta, que en realidad no los hay, pero porque se echa en falta algo de riesgo. Porque en las dos horas que dura la cinta vemos lo mismo de siempre. Con la misma eficacia de siempre, pero buscando las mismas emociones de siempre, con personajes arquetípicos, desde el propio protagonista hasta su entrenador y sus normas, pasando por supuesto por el rival que lo es a nivel personal o el promotor que quiere sacar tajada de un drama personal. Todo suena a visto. Y sí, se acepta. Pero resulta curioso que Fuqua, que triunfó sacando de la zona de confort a personajes arquetípicos en Training Day ahora se conforme con menos y, en realidad, desaproveche un espléndido trabajo actoral para que su cinta sea algo más que un tópico bien hecho.

El caso es que, aún así, Redención se deja ver bastante bien, porque la temática es siempre atractiva, tanto por el lado de los combates, bien rodados por Fuqua para que la personalidad de su boxeador protagonista se manifieste dentro del ring, como por la faceta más humana, que es la que construyen con facilidad los actores. Gyllenhaal a la cabeza, ahí es donde el disfrute de Redención se multiplica. Lo malo es que no hay sorpresas, ni siquiera en el pretendidamente emocionante final de la película, por supuesto un combate final entre el héroe redimido y un villano que en realidad no lo es tanto y al que se le da ese papel de una manera bastante artificial. Al menos la cinta mantiene más que vigente la tradición del boxeo como deporte por excelencia del cine, y queda como una de esas curiosidades a rescatar por el amplio retraso con el que llega a España, casi dos años con respecto a su estreno americano.