jueves, octubre 12, 2017

'Annabelle Creation', solvente regreso a lo clásico

Expediente Warren abrió una puerta nueva al terror contemporáneo. Demostró que lo clásico, lo viejo, lo producido de maneras técnicamente más artesanales, podía generar más miedo que lo digital, lo gore, lo explícito y lo ruidoso. Aquella película arrancó con la historia de una muñeca que poco después, Hollywood no puede resistirse a estas cosas, contó con su propia película. Annabelle, que así se tituló ,fue una enorme decepción, porque la película, lejos de seguir el camino marcado por el filme del que se desgajaba, apostaba por lo de siempre, por el susto unido al sonido a todo volumen. Y a pesar de eso, por el buen regusto de Expediente Warren, había expectación por ver lo que David F. Sandberg, antes en teoría de zambullirse en Shazam!, podía contarnos en Annabelle Creation. El resultado, una precuela solvente, un buen regreso a lo clásico, incluso asumiendo de que no estamos viendo nada realmente espectacular.

Empezando por los aciertos, Sandberg apuesta, como se ha dicho, por lo clásico, y eso es fundamental. Movimientos de cámara suaves, tensión generada por la oscuridad pero sin necesidad de un subrayado constante de la música (sí en algunas ocasiones), y sobre todo capacidad de sorpresa. No todo lo que puede ser un susto lo es. Y eso genera tensión. ¿No es acaso lo que necesita una película como esta? La tenemos, y en buenas dosis, aunque en el fondo la historia resulte mucho más sencillo de lo que parece. Y otro acierto, el movimiento continuo entre los protagonistas. No es Annabelle una película de protagonista único, pero tampoco hay que entenderla como una película coral. Es, simplemente, que Sandberg mueve bien a sus personajes y el foco central de la película según lo va necesitando la historia y sin ataduras. Con eso, más capacidad de sorpresa. Sí, Annabelle Creation sorprende. Parece difícil que lo haga, pero lo consigue.

Y crea una base sólida para la franquicia, para lo que vimos, de hecho, en la Annabelle original, película con la que conecta de una manera ligeramente tramposa pero a la vez eficaz. En realidad, toda la película se mueve entre esas dos sensaciones y no reniega de ello. Su sinceridad narrativa es, en ese sentido, positiva. Quiere contarnos una historia muy concreta, quiere hacerlo moviendo a sus nueve personajes (¿diez contando a la muñeca?) de una manera astuta, aprovechando la diferencia de edad entre las niñas para que sean importantes, y con bases muy sencillas. Y en ese Sandberg logra sus objetivos. Es verdad que cuanto más se piensa la película más salen a la luz sus trampas y argucias no especialmente limpias, pero viendo la forma en la que Annabelle quería asustarnos, la de Annabelle Creation (¿por qué no se traduce el título?) ha de considerarse mucho más válida y efectiva.

En teoría, esta película tendría que cerrar este spin-off de Expediente Warren, y lo mejor que le podría pasar a la serie es que así fuera. Annabelle Creation sería así un agradablemente terrorífico punto final que sabe aprovechar el conjunto de clichés sobre el que se construye (niños, muñecas, casa aterradora en la que todos sus rincones de madera crujen, puertas prohibidas que todos sabemos que se van a abrir) para mejorar la película anterior y generar el terror que necesita un público que, por mucho que cada película se pueda parecer a otra anterior, sigue ávido de sentir estas sensaciones en la sala de cine. Desde luego, mientras sea con artimañas tan sutiles como las que a veces muestra Sandberg y con un movimiento de cámara tan suave como el que le caracteriza, jugando más con las luces que con el impacto, es más fácil meterse en esta clase de universos.

viernes, octubre 06, 2017

‘Blade Runner 2049’, el arte visual de Villeneuve no es suficiente

Aunque hoy parezca increíble, Blade Runner no fue un éxito en 1982. Ni de taquilla ni, realmente, de crítica. La cinta de Ridley Scott, un caos absoluto durante su rodaje y un continuo cambio en la sala de montaje hasta muchos años después de su estreno, se convirtió poco a poco en lo que es hoy, una cinta de culto y clásico absoluto de la ciencia ficción de los años 80. Esa condición y este interminable revival que vivimos convertían a su secuela en un plato muy apetecible para casi todos. A diferencia de otros proyectos, que tanto se nota que nacen con la vocación única de hacer dinero, que no es malo pero no puede ser suficiente, Blade Runner 2049 nació con un aura de calidad. El respeto al original y la presencia en la silla de director de Denis Villeneuve convertían la película, a priori, en uno de los platos más apetecibles de los últimos tiempos. Y el resultado está, por desgracia, lejos de lo esperado. Que nadie piense que estamos ante una mala película o un desperdicio, ojo, pero no colma las expectativas.

Es difícil ver en la película de Villeneuve una continuación natural de Blade Runner. Es complicado sentirse dentro del mismo mundo, por mucho que haya paralelismos que casi nos pueden hacer pensar en lo que J. J. Abrams hizo con El despertar de la Fuerza para convencernos de nuevo de que Star Wars es lo más grande. Y es casi inevitable, por sacrílego que pueda parecer, recordar lo que Ridley Scott firmó en Prometheus, una obra tan absurda en su guion como deslumbrante en lo visual. Blade Runner 2049 es, en muchos sentidos, mejor que el intento de Ridley Scott de explicarnos el mundo de Alien, pero a la vez es una cinta mucho más vacía de lo que parece, tanto en su historia, sencilla y casi intrascendente por momentos, y que en su poesía queda lejísimos de su referente, como admite cuando claudica en su formidable banda sonora y recurre a Vangelis para ilustrar uno de los momentos álgidos del viaje que nos cuenta.

No será aquí donde se desvelen los secretos de Blade Runner 2049, pero sí se puede decir sin miedo que Villeneuve busca un respeto tan reverencial que es difícil ver la línea entre la secuela y el remake, sobre todo porque este Deckard de Harrison Ford apenas conecta con el que ya conocíamos y cede el protagonismo a un Ryan Gosling al que ya hemos visto antes en estas lides sin necesidad de ser un replicante. Porque del mundo del Blade Runner original apenas nos queda una mínima pincelada de historia. Los replicantes han cambiado. La caza no es la misma. El discurso sobre la vida y la muerte ha desaparecido. Y lo que sí encaja, como por ejemplo el personaje de Ana de Armas, en realidad tendría que ser la guinda para entender la evolución de este mundo cyberpunk y no lo más destacado de este regreso a una sociedad que se antoja menos violenta, menos radical y menos oscura que la que ya conocíamos, a pesar de que en teoría el escenario es peor.

Villeneuve, desde luego, es un artista visual de los que hay pocos ahora mismo en el cine actual. Y eso, probablemente, consigue un efecto hipnótico que oculta algunas de las carencias de su película, seguramente y en todo caso la más impersonal de su filmografía. El problema quizá esté ahí, que no termina de ser Blade Runner ni tampoco termina de ser Villeneuve puro. Y en esa indefinición hay muchos tiempos muertos. El ritmo lento era previsible, pero no que haya escenas superfluas (como el regreso de un viejo conocido) o instantes que rozan el aburrimiento, sobre todo durante su larga primera mitad. No da la sensación de que las mejores ideas de la cinta, como el sistema de control de los replicantes o la manera en la que la inteligencia artificial se ha colado en la vida emocional incluso de estos seres artificiales, logren elevar la película al nivel que cabía esperar. Sin ser un tropiezo, tampoco es la joya que podría haber sido.

'La montaña entre nosotros', los problemas que van y vienen

Las historias de supervivencia afrontan un reto adicional al de cualquier otro tipo de historias. Han de ser creíbles para el espectador. Y no solo por el escenario, sino por la forma en que los protagonistas superan o sucumben a dicho escenario. La montaña entre nosotros supera solo la mitad de ese reto. Su escenario, modélico y bien construido. Sin explicaciones innecesarias y sometiéndose a un azar realista que convence, sobre todo porque Hany Abu-Assad, sorprendente elección la suya siendo un director que destaca por un cine mucho más profundo que este como evidencia Paradise Now, encuentra una forma muy imaginativa de rodar el accidente de avión que da inicio a la trama. Porque eso es lo que se nos cuenta, un cirujano y una fotoperiodista que no se conocen de nada hacen frente a la cancelación de su vuelo comercial alquilando una avioneta que se estrella en la montaña del título y les obliga a luchar por sus propias vidas en un entorno hostil.

La cuestión es que la historia se va inventando obstáculos que aparecen casi por azar, sin demasiada explicación, y que se disuelven casi de la misma manera. No los impone casi nunca el escenario, sino la necesidad de establecer nuevos cimientos para lo siguiente que nos venga. Y eso hace que la película se alargue en exceso en esta sufrida parte. Una de esas soluciones surgidas de la nada hace además que la película cambie radicalmente de planteamiento, deja de ser, al menos en su fondo, una historia de supervivencia para convertirse en otra cosa. No hay que echarle demasiada imaginación para saber en qué se convierte, pero apostaremos a la ingenuidad del espectador para no analizarlo aquí. ¿Convence ese cambio? La verdad es que no demasiado. Un poco más en el epílogo, porque ahí sí regresa al menos al terreno de la verosimilitud realista, pero aún así no termina de convencer.

¿Que queda entonces? Pues disfrutar de las vistas, rodadas de una manera algo impersonal por Abu-Assad, lo que sorprende de manera negativa viendo sus ganas de ser creativo en la mencionada escena del accidente, y admirar los buenos recursos de los dos protagonistas y casi actores únicos de la cinta, Idris Elba y Kate Winslet, entre los que se establece una química bastante agradable que casi permite olvidarse, al menos por momentos, de los problemas que tiene la película. Ninguno de los dos siente la necesidad de mostrarnos un sufrimiento extremo e imposible a lo Leonardo Di Caprio en El renacido, pero sí sabe cómo ponernos en la piel de sus respectivos personajes. Y eso que juegan con un elemento importante en contra, y es que tantos sus diálogos como la misma historia les llevan con demasiada frecuencia a situaciones bastante previsibles.

La montaña entre nosotros se convierte así en una aceptable historia de supervivencia con actores notables, pero que se conforma con ser simplemente eso. No termina de acertar en las explicaciones a los escollos que se encuentran los protagonistas ni tampoco en la forma en que los resuelve, sumando contratiempos casi porque sí, no mide bien los tiempos porque la película se alarga demasiado en su cuerpo central sin tener necesidad para ello, ni por lo que enseña ni por lo que construye narrativamente, y se rinde, sin más, a lo que puedan hacer los actores. Pero como Winslet y Elba dan mucho, la película pasa con cierto agrado. Ellos acumulan casi todos los méritos de La montaña entre nosotros, porque juntan dos miradas increíbles y porque se mantienen fieles a sus personajes en los diferentes momentos de su odisea.

viernes, septiembre 08, 2017

'It', Muschietti encuentra la menor manera de adaptar a Stephen King

Ha escrito tantas novelas y tantas de ellas han tenido ya sus adaptaciones, que debatir sobre las películas que abordan creaciones de Stephen King es un debate fascinante. It, la película de Andrés Muschietto entra por derecho propio en el grupo de las buenas adaptaciones. Notable por muchas razones, aunque haya que frenar un poco el entusiasmo por razones que resultan evidentes para cualquier que esté acostumbrado a ver cine de terror. Partamos de la base de que Muschietti es un tipo que rueda excepcionalmente bien, que visualmente no tiene tacha ninguna, que aporta imaginación y clase, que entiende el género y que en este caso ha entendido de una manera casi intachable la historia que tenía entre manos. Con todo esto, confirma las buenas hechuras que demostró en Mamá, su primera y hasta ahora única película.

It, en ese sentido, es una película que conjuga a la perfección los dos terrores que hay en la novela de Stephen King. Por un lado, el terror fantástico, el sobrenatural, el que encarna Pennywise, ese payaso asesino que interpreta Bill Skarsgard. Por otro, el terror de la realidad, el que convierte el pueblo en el que se desarrolla la historia en una suerte de Twin Peaks realista, en el que hay violentos abusones, rumores malintencionados, madres hipocondríacas, padres peligrosos, inadaptados, perdedores y miedo a las emociones. Como el primero de los terrores lo minimiza Muschietti, en uno de los defectos más notables de su película, con un abusivo uso de una por otro lado notable música y de unos efectos de sonido que cumplen con el cliché de género de adelantar demasiado el susto, casi convence más el segundo de ellos, el que genera una identificación impresionante con los jóvenes protagonistas.

Y así enganchamos con otra de las virtudes de It, una que claramente se puede achacar a Muschietti: su reparto. Un puñado de chavales se comportan ante la cámara como auténticos veteranos. Y habiendo visto Mamá, y lo bien que manejaba ahí el director a sus estrellas infantiles, resulta evidente que hay mucha mano de Muschietti en ese terreno. Todos ellos se manejan con una sutileza espectacular, recordándonos los tiempos en los que el cine tenía actores infantiles o adolescentes capaces de llevar por si solos el peso de películas importantes en lo emocional, no solo respondiendo a una necesidad de edad. ¿Recordáis Cuenta conmigo, Los Goonies o E.T.? Las sensaciones aquí son idénticas, parte de un notable y sincero homenaje al cine de los años 80 que supone It, no solo por la época en la que acontece la historia sino por muchos elementos narrativos y cinematográficos.

Porque It es, y de eso no hay duda, una película de su tiempo. Tiene hallazgos visuales que no habrían sido posibles en otra época, y con los que Muschietti lleva jugando desde su corto, Mamá, que fue el que le permitió llevar esa misma historia al cine, pero en otros instantes es muy clásica. No cae en el fácil gore. Busca ganarse al espectador con la ambientación. Y aunque le falta explicar algo más al personaje de Pennywise, su historia y su capacidad (¿quizá en la segunda mitad de este anunciado díptico?), no se pueden encontrar muchas más flaquezas en su propuesta. Y ojo, que no es nada fácil llevar una película de terror hasta las dos horas y cuarto, que es lo que hace con It. Pero desde su acertado prólogo hasta su casi melancólico final, Muschietti ofrece una muy buena muestra de género y una adaptación de Stephen King que esquiva todos los peligros de serlo y del tiempo que llevaba el proyecto enquistado.

viernes, agosto 25, 2017

'Verónica', arquetipos de terror

A Paco Plaza le conocemos. Sabemos que es un director solvente, que conoce bien los códigos del terror y que los sabe llevar a la gran pantalla. Verónica lo demuestra, es una película construida sobre una buena idea, una de esas que demuestra que aquí, cerca de nosotros, hay excusas maravillosas para construir películas sin necesidad de sucumbir a la globalización también para esto, que cumple con todo lo que promete y que llega a un buen clímax. Es verdad que no hay mucho más, que Verónica no pasa de ser una correcta historia de género que no tiene ambición de ser nada más, pero las expectativas que generan el relato, el trailer, el género y el propio director quedan suficientemente satisfechas. Y no engañar a nadie también es una buena carta de presentación para cualquier tipo de película, y más viendo el destrozo que suele hacer la promoción en algunas ocasiones.

Plaza tiene la suficiente habilidad como para construir su película en torno a cuatro pilares. El primero, una historia real, un suceso paranormal que aconteció en el madrileño barrio de Vallecas en 1991. Eso nos lleva al segundo, la nostalgia, algo que está muy de moda y que pocas veces podemos ver, como aquí, con tintes patrios, con jingles televisivos, los juegos que realmente teníamos en la España de la época, o incluso un mobiliario urbano y doméstico al que Plaza presta una atención que al comienzo de la película parece casi obsesiva. La conexión con los otros dos elementos es evidente, por un lado el protagonismo que concede a una adolescente y sus tres hermanos pequeños, algo a lo que se presta el género, y finalmente eso mismo, un respeto casi reverencial a lo que pide el terror, desde planos ominosos a una música que aventure y dé ambiente a cada situación de miedo.

Eso se convierte, lógicamente, en un arma de doble filo, que además segregará al público, aunque eso tampoco puede sorprender a nadie, en aficionados del terror y quienes no lo son. No es una película para los segundos, pero nadie podrá acusar a Plaza de no conocer los códigos del género o de saltárselos. Eso mismo, eso sí, también supone un cierto límite a la película dentro del marco en el que se encierra. Cada cosa está en su sitio porque, en realidad, no puede estar en otro. Y si visualmente Plaza tiene un poder considerable a la hora de componer imágenes impactantes, el mejor ejemplo desde luego está en el clímax, en cuanto al sonido se rinde demasiado a los tópicos del género. No por el uso de las canciones de Héroes del Silencio, que ese es directamente algo repetitivo, sino porque el sonido y la música acaban por minimizar el efecto y distraer la atención con demasiada frecuencia.

En lo que Plaza sí sobresale es en el uso de su reparto infantil. Y además lo hace desde la base. Sus diálogos, siempre difíciles, están muy bien escritos para que los jóvenes actores los pronuncien con naturalidad, algo que no siempre se ve. Sandra Escacena, debutante, lleva bien el peso de la película, y Bruna González, Claudia Pellicer y el pequeño Ivan Chavero secundan muy bien a la protagonista. Ellos hacen que Verónica funcione de manera solvente y dentro de los códigos del género incluso en los momentos más débiles de la historia o de la producción, que los hay y seguro absurdo negarlo. Pero Plaza tiene buenas ideas, lo que también contribuye a que la película se deje ver con bastante facilidad, incluso aunque quizá sea un pelín más larga de lo que demandaba la historia y se va a los 105 minutos. Como ejercicio de terror español cargado de nostalgia para construir la historia desde niveles muy distintos, incluso desde el mundo del fútbol, un guiño simpático y realista, Verónica cumple con efectividad aunque, no lo pretende, no sea la reinvención de nada.

viernes, agosto 04, 2017

'Transformers. El último caballero', rizando el rizo de lo absurdo

Película tras película, Michael Bay ha ido consiguiendo que la serie de Transformers se fuera enterrando cada vez más en un pozo de absurdos, incoherencias y flagrantes fallos cinematográficos. Pero el director, aclamado por el público y habitualmente despedazado por la crítica, ha vuelto a rizar el rizo en esta espiral de cine palomitero lamentable, estúpido y desprovisto de toda inteligencia. Se podrá argumentar que no todas las películas tienen que hacernos pensar, que tiene que haber un hueco para el cine de escapismo y efectos especiales sin pretensiones. Desde luego que sí. Pero ese se puede hacer bien o mal. El que hace Bay es del malo. Y además lo hace conscientemente. El último caballero es, visto desde una esfera irónica, una burla del director hacia sus críticos, cargada de dobles intenciones en sus diálogos, que no ayudan a la película pero sí al debate sobre la supuesta genialidad de Bay.

Su cine no la demuestra. No lo hace desde hace muchos años, desde los 90, en los que sí se presentó como un prometedor director de acción. Transformers, curiosamente la serie que más dinero le ha dado, es una colección de todos sus defectos. Y El último caballero es, así, la quintaesencia. Es un galimatías que no hay por donde coger, una historia que roza la estupidez tanto en su rocambolesco argumento como en la ejecución final que vemos en la pantalla, es la enésima demostración de que no hay un solo personaje interesante, bien escrito o bien desarrollado en Transformers, y que a Bay le importa muy poco ser un director coherente, porque las fronteras del espacio y del tiempo no le afectan a la hora de meter y sacar personajes de las escenas. Todo le da igual a Bay si puede hacer su mix de estrenos veraniegos para mostrarnos un campo de batalla medieval, un escenario nazi de la Segunda Guerra Mundial, muchos robots haciendo chistes, presentaciones a lo Escuadrón Suicida y explosiones desde el mismo logo de Paramount que abre la película.

En una historia con diálogos que parecen escritos por adolescentes, en la que desfilan actores que valoran más el cheque que sus reputaciones y en la que hay constantes traiciones a la misma franquicia de la que forma parte (a lo que el propio Bay ha contado en sus películas y, sobre todo, al material de referencia), es difícil encontrar algo rescatable. Si acaso, que los actores hacen un esfuerzo ímprobo por creerse sus difíciles papeles, más sencillo en el caso de los héroes de acción, Mark Wahlberg y Josh Duhamel, y mucho más complicado en la cuota femenina, la que firman Laura Haddock o Isabela Moner, o en el caso de los actores consagrados, reducidos a meras comparsas cómicas como Anthony Hopkins, John Turturro (¿para qué sale realmente en la película?) o Stanley Tucci. Ni siquiera los Autobots o los Decepticons importan. Optimus Prime y Megatron son reducidos a secundarios, Bumblebee a acróbata desmontable y los Dinobots a la nada más absoluta.

¿Qué hay entonces en El último caballero que pueda convencer? Prácticamente nada. Si acaso, el hecho de que forma parte de una franquicia que, sin contar prácticamente nada, repitiendo esquemas, y con tono autoparódico en la filmografía de Bay cada vez más acusado, sigue cosechando un éxito increíble. Los muchachos de efectos digitales se lo habrán pasado en grande con los inexplicados y cada vez más numerosos poderes de los robots, pero más allá de eso es difícil encontrar nada positivo en una película larga, por momentos bastante aburrida, con un humor de dudoso acierto ("te has cargado el momento", le dice Anthony Hopkins a un robot en cierta ocasión, analizando a la perfección la forma en la que Bay usa el humor) y que ojalá, como ha dicho su propio director, sea su última incursión en la serie. A saber si alguien puede reflotar esto, cinematográficamente hablando porque en taquilla va de fábula, pero que le dejen intentarlo lejos de las garras de Bay.

viernes, julio 28, 2017

'Spider-Man. Homecoming'. el toque Marvel sienta bien una vez más

Se tiende a pensar que Marvel ha encontrado una fórmula y no hace más que repetirla. Pero es una sensación falsa, que cada estreno viene a desmentir. Cierto que en Doctor Strange sí estaba la fórmula Iron Man, pero en realidad el resto de películas no son tan parecidas entre sí. Spider-Man. Homecoming viene a ser no solo una demostración más, sino probablemente el título llamada a romper esa ilusión reiterativa para quienes aún la tengan. Y esta vez el mérito es doble, porque el toque Marvel le ha sentado de maravilla a un personaje que ve su segundo reboot en apenas cinco años. No se trata de comparar los méritos de Homecoming con los de las tres películas de Sam Raimi o las dos de Marc Webb, a estas alturas ya resulta algo innecesario, pero sí es que es evidente que Marvel Studios sabe lo que hace con sus personajes. Los usa, los glorifica y los actualiza de una manera sencillamente espectacular.

Así, John Watts, sorprendente nombre el que Marvel escogió para esta película, cuenta una primera historia con el personaje como protagonista pero entendiendo dos cosas. Por un lado, que forma parte de Marvel, que tiene que encajar con los Vengadores (y ojo a las sorpresas, que hay muchas, sobre todo para quienes pensaran, equivocadamente aleccionados por los trailers, que el Tony Stark de Robert Downey Jr. iba a ser el único enlace) pero que al mismo tiempo desarrolla un universo propio. Y ese universo, por fin, nos muestra el Peter Parker adolescente, el del instituto, el de una edad que todavía no le coloca cerca de ser un adulto responsable. Eso es lo que vemos aquí, por primera vez en una película de Spiderman. Es verdad que es entorno será un shock para el aficionado clásico, porque es una actualización en toda regla que se acerca más a los cómics del universo Ultimate que a los primeros tebeos de Stan Lee, cameo obligado por supuesto, y Steve Ditko.

Todas estas buenísimas sensaciones no se podrían conseguir de haber errado con el protagonista. No es mérito de Homecoming, puesto que Tom Holland ya debutó como Spiderman en Capitán América. Civil War, pero Watts le lleva francamente bien. El chico tiene un talento natural para hacer de superhéroe, y eso no solo se nota cuando la película deriva hacia un drama bastante adecuado, sino incluso con el lenguaje corporal que aporta a Spiderman, siguiendo la estela de algo que Andrew Garfield ya había tratado de incorporar. Y es que el Trepamuros es mucho más que piruetas y efectos visuales, que los hay y de un nivel espléndido, pero es también un personaje muy bien construido, que lucha por convertirse en un héroe, por estar a la altura de la figura paterna en la que se convierte Tony Stark y para tener la oportunidad de convertirse en un Vengador y participar en grandes misiones. 

Pero, como se ha dicho más arriba, la película rinde homenaje, casi pleitesía, al universo personal de Spiderman. Su final es todo un canto de amor a lo que es el personaje, pero por el camino tenemos la oportunidad de ver homenajes a cómics clásicos y no tan clásicos, para aderezar el enfrentamiento con un villano clásico hasta ahora nunca visto, el Buitre, y aquí remasterizado con brillantez para la ocasión con un Michael Keaton brillante dándole vida. Spider-Man. Homecoming acaba siendo así una película que juega muy bien con la acción, con la comedia y con el drama, que sabe ser clásica y moderna, que genera una sensación de diversión desenfadada durante toda la película (incluyendo, por supuesto, la segunda de las dos escenas postcréditos) y que. una vez más, demuestra que el superhéroe en el cine sigue teniendo todavía mucho que decir, por eficacia, por brillantez y por originalidad. Había perspectivas regulares y lo han bordado.

viernes, julio 21, 2017

'Dunkerque', cine bélico antológico

Hace ya casi veinte años, Steve Spielberg nos puso el pelo de punta, la piel de gallina y el corazón en la mano mostrándonos cómo era realmente la guerra. La escena inicial de Salvar al soldado Ryan, el desembarco de Normandia, cerró para siempre la imagen idealizada de la guerra de la que solo el disidente Oliver Stone se había apartado hasta entonces. La guerra producía héroes. Pero desde Ryan, hablamos de supervivientes. Y en muchos casos con unos traumas reales y realistas que hacen que este tipo de historias puedan alcanzar un impacto emocional salvaje. Pero cuesta hacerlo. Hay que tener un dominio de cine inmenso para que la guerra, algo tan desconocido para el espectador medio, nos inunde de una manera absoluta. Y Dunkerque lo hace. Mejor de lo que se podría haber soñado, siendo un ejercicio de estilo deslumbrante, que coloca a Christopher Nolan entre los más grandes, pero sin olvidar que hay mucho más detrás de los fuegos artificiales.

Sin ánimo de contar nada más, porque, como siempre, merece la pena descubrirlo todo en la pantalla (y mejor, sin duda, en la gran pantalla), Dunkerque es la historia de la evacuación de las tropas británicas desde esa localidad francesa durante la Segunda Guerra Mundial. Nolan nos cuenta ese drama desde tres puntos de vista: desde la tierra, con un soldado que busca la manera de abandonar la playa; desde el mar, con los ojos de un hombre que lleva su pequeña embarcación movilizada para a los soldados de allí; y desde el aire, con un pequeño escuadrón que tiene que impedir que los cazas alemanes bombardeen a los barcos de rescate. Tres partes de un mismo relato que Nolan conjunta de una manera más emocional que temporal, modifica el encaje de los eventos para que le sirvan a los propósitos más dramáticos de una manera que encumbra el arte del montaje.

Antes ya ha encumbrado la de la dirección. Nolan es un innovador en el terreno visual, pero nunca lo había hecho como aquí desde una perspectiva tan clásica. La épica bélica que nos muestra es realista, está basada en escenarios, extras y movimientos de cámara naturales, no en efectos especiales y piruetas imposibles. No es esa la guerra que Nolan nos quiere enseñar. La suya es la de verdad, aquella en la que las balas silban sobre nuestras cabezas y provocan un ruido ensordecedor cuando se topan con un objetivo, en la que el ruido de los aviones genera pánico entre quienes no tienen dónde protegerse, en el que el agua no es más que un entorno en el que se puede morir a cada momento. Guerra, como la vivimos en Normandia de la mano de Spielberg, pero esta vez ampliada a los 106 minutos que dura Dunkerque, una duración mucho más ajustada de lo que es habitual, también para Nolan, pero que equivale a una experiencia vital antológica.

Nolan es un maestro, y merece que se le reconozca por ello. Es hábil, es eficaz, es atrevido. Pero ya, sobre todo eso, es un maestro. Cómo rueda, cómo monta, cómo dirige a un puñado de actores tan variopintos, que van desde la juventud de Fionn Whitehead a la veteranía de Kenneth Branagh o Mark Rylance, pasando por sus actores fetiche habituales como Cillian Murphy o Tom Hardy (¿cómo es humanamente posible crear un personaje tan espléndido si solo le vemos los ojos en el 90 por ciento de sus planos?). Cómo hace cine. Nolan es puro cine, y no es de extrañar que sus referentes partan del cine mudo más épico. Su cine es atemporal pero sabe aprovechar la tecnología de su tiempo para crear un espectáculo emotivo que nos enseña que el cine es mucho más que el avance técnico de turno. El cine es emoción, es inmersión, es empatía. Y eso, en Dunkerque es bestial, es una película que atrapa y no suelta hasta el final. Clásico instantáneo.